La Última Estrella de Babilonia

Babilonia, 539 a.C.

La metrópoli más grande del mundo se descompone por dentro mientras finge brillar. El rey Nabónido ha huido al desierto para hablar con la luna. En su ausencia, gobierna Belshassar: un regente joven, brillante y profundamente enfermo, que mantiene el imperio unido con terror y vino, mientras una jaqueca constante le recuerda que ni todo el poder del mundo puede curar lo que realmente le duele.

En este nido de intrigas, incienso y traición llega Zohra.

No es una refugiada más. Es Ishtaya de Harrán, una mujer que dejó atrás un prometido muerto, una acusación de brujería y su propio nombre. Llega a Babilonia con una lira robada, una voz que puede calmar demonios y una inteligencia afilada como obsidiana. Bajo la protección de su tía, la anciana y temible Adda-Guppi, se infiltra en la corte como una sombra silenciosa.

Lo que empieza como un capricho del príncipe —una mujer exótica, de lengua afilada y mirada que no se baja— se transforma rápidamente en una obsesión voraz. Belshassar, acostumbrado a que todo se doblegue ante él, se encuentra por primera vez ante algo que no puede ni comprar, ni amenazar, ni romper. Cuanto más se le resiste Zohra, más enfermo y más peligroso se vuelve su deseo.

Él la espía. Huele su ropa cuando ella no está. Fantasea con encerrarla en una habitación del palacio solo para que nadie más pueda verla. La odia. La desea. La necesita. Y Zohra, que llegó buscando sobrevivir, descubre que tiene en sus manos al hombre más poderoso de Mesopotamia… y que destruirle podría ser más fácil de lo que imaginó.

Entre ellos se desata una danza enfermiza de poder, manipulación, lujuria y algo que se parece peligrosamente al amor.

Mientras los persas de Ciro afilan sus espadas fuera de las murallas, dentro de la ciudad una red de conspiraciones se teje en las sombras: la anciana Adda-Guppi mueve hilos que llevan décadas, la fría sacerdotisa Ennigaldi-Nanna vigila desde su zigurat, y un grupo de esclavos y soldados empieza a hablar en emesal, la lengua sagrada que Zohra convirtió en código de rebelión.

En Babilonia nadie es inocente.

Los dioses callan.

Y una mujer que debería haber muerto en Harrán está a punto de decidir el destino del último imperio mesopotámico.

Porque a veces, la caída de una civilización no empieza con un ejército en las puertas…

sino con un príncipe obsesionado y una mujer que aprendió a sonreír mientras afila el cuchillo.